El viaje hacia lo desconocido

Laguna turquesa al pie del cordón del Chaltén, con las cumbres cubiertas por las nubes

Hoy me desperté distinta. Aunque todavía había algunos residuos de lo viejo, podía percibir que ese profundo deseo de que mi vida comenzara a sentirse diferente empezaba, por fin, a asomarse.

Sí, esta semana sentí que necesitaba un reseteo. Como si estuviera cargando un peso que ya no quería sostener, como si aquello que venía llevando hubiera cumplido su ciclo. Había un deseo genuino de volver a empezar.

Y estos “volver a empezar” no son nuevos para mí.

Uno podría mirar alrededor y pensar que tiene una vida realmente hermosa. Y es cierto. Pero el alma es inmensa; siempre quiere seguir creciendo, seguir descubriendo, abrirse a experiencias nuevas. Y allí estaba otra vez, escuchándola, sintiéndola, permitiéndome abrirme nuevamente a ese llamado.

A veces un gesto tan simple puede transformar por completo un día. No hay que subestimar lo simple.

Me levanté y empecé a mover el cuerpo libremente. Como si con cada movimiento recordara la conexión conmigo, con la tierra, con la vida. A veces un gesto tan simple puede transformar por completo un día. No hay que subestimar lo simple.

Después me senté a escribir. En realidad, no sabía qué quería escribir. Solo tenía el impulso de hacerlo. Y aquí estoy, siguiéndolo.

Mientras bailaba apareció el recuerdo de aquella versión de mí que viajó a El Chaltén. Mi querido Chaltén…

Piedra blanca traída de El Chaltén, apoyada sobre una superficie de madera
Antes de tomarla, pedí permiso.

Ese viaje me sigue acompañando. No solo en mis recuerdos, sino también desde mi mesa de luz. Allí descansa una piedra que traje de ese lugar. Y cada vez que necesito reconectar con esa fuerza, vuelvo a sostenerla entre mis manos.

A veces me olvido de que está allí. No solo la fuerza que está sobre la mesa de luz, sino también la que habita dentro de mí. Cuando estamos atravesados por ciertos estados, no siempre podemos acceder a nuestros propios recursos.

Aquel viaje, allá por el 2018, fue profundamente iniciático.

Era la primera vez que viajaba sola. También era la primera vez que viajaba en avión.

Fue un viaje para cerrar una etapa, despedir una historia y abrir espacio para lo nuevo, que ya comenzaba a acercarse.

La idea empezó a gestarse gracias a Ana Lía, mi psicóloga de aquel entonces. Fue ella quien me animó a hacerlo. Me dijo, de alguna manera, que era un viaje que merecía regalarme.

Hacía casi dos años que me había separado, después de una relación de casi catorce años. Estaba aprendiendo a vivir desde un lugar completamente nuevo. Necesitaba volver a encontrarme. Sentía que hacía mucho tiempo me había perdido.

Como decía Ana Lía entre risas, fui “rápida para los mandados”. Enseguida empecé a cocrear ese viaje: investigar los lugares que quería conocer, comprar los pasajes, reservar los traslados, elegir los hospedajes y las excursiones. Me llevó bastante tiempo organizarlo, y creo que justamente por eso lo disfruté el doble.

Mis destinos fueron El Chaltén, El Calafate y Ushuaia.

Qué hermosa es la Patagonia.

Amo cada uno de esos lugares y podría contar muchísimas historias sobre ellos. Pero hoy quiero compartir apenas un pequeño fragmento. Una caminata.

Mi primer destino fue El Chaltén.

Cuando llegué, la alegría que sentía era tan grande que parecía desbordarse y contagiar a quienes se cruzaban conmigo.

Salí a recorrer los senderos acompañada únicamente por mí misma, mi cámara de fotos, mi mochila con lo necesario y mi espíritu aventurero.

Pasarela de madera entre pastizales, con caminantes avanzando a lo lejos

Qué experiencia tan hermosa.

Caminar. Observar. Escuchar.

El viento, el agua, los pájaros carpinteros…

Pájaro carpintero gigante de cabeza roja sobre el tronco de una lenga

Me sentía profundamente agradecida. Abundante. Sostenida. Abrazada. Amada.

Y después encontrarte, casi sin aliento, con los glaciares, las cascadas, las montañas y los lagos.

Belleza por donde mirara.

Me sentía profundamente agradecida. Abundante. Sostenida. Abrazada. Amada.

Glaciar colgante descendiendo hacia una laguna de agua turquesa, visto entre las ramas de un bosque de lengas

Recuerdo que en un momento, durante el viaje, un par de hombres me preguntaron si no me daba miedo andar sola.

Les respondí sonriendo que no.

Y era verdad.

Me sentía cuidada por la vida. Guiada hacia la aventura de lo desconocido, hacia la exploración, el encuentro conmigo misma y la alegría de simplemente ser, de vivir.

Claro que el miedo también aparece.

Y cuando aparece, vale la pena escucharlo, porque muchas veces también forma parte del cuidado.

No se trata de no sentir miedo. Se trata de reconocer de dónde viene.

No se trata de no sentir miedo.

Se trata de reconocer de dónde viene. Si responde a una memoria del pasado o a una situación presente. Y actuar en consecuencia.

Pero sin permitir que sea él quien decida por nosotros.

La verdad es que sí sentí miedo.

Fue cuando llegué muy cerca del cerro Chaltén, después de unas cuatro horas de caminata y un último tramo empinado que exigía cada músculo del cuerpo.

Comenzó a caer aguanieve. Era febrero, pero hacía muchísimo frío.

Río de deshielo entre pedregales y bosque, con la montaña envuelta en niebla al fondo

Cuando levanté la vista y vi toda esa inmensidad frente a mí —las montañas, los lagos, las nubes moviéndose con el viento, la naturaleza en su estado más puro y salvaje— me sentí increíblemente pequeña.

Tan pequeña…

Y, por un instante, profundamente vulnerable.

No había nadie cerca.

Estaba allí, completamente sola, frente a una inmensidad que parecía recordarme mi propio tamaño.

Cóndor volando sobre el pedregal, junto a la orilla turquesa de una laguna

Hasta que vi aparecer a una persona.

Respiré.

Qué necesaria puede ser, a veces, la simple presencia de otro ser humano.

Todavía me causa gracia recordarlo.

Qué necesaria puede ser, a veces, la simple presencia de otro ser humano.

Ese contacto llegó justo a tiempo.

Y entonces algo cambió.

Caminante de gorro rojo sentado sobre un tronco, de espaldas, mirando el glaciar

Dejé de sentirme sola frente a esa inmensidad y empecé a sentirme parte de ella.

Había una fuerza enorme allí.

Una fuerza que es difícil explicar con palabras.

Siento que el cuerpo apenas alcanza para recibir todo lo que ese paisaje transmite.

La laguna al pie del cerro Chaltén: la cumbre permanece completamente cubierta por las nubes

Cuando finalmente llegué al mirador, no pude ver al cerro Chaltén de cerca.

Estaba completamente cubierto por las nubes.

Y, sin embargo, con un poco de frustración, lo sentí también como una invitación.

Como si la montaña me dijera:

“Todavía no. Vas a tener que volver.”

Quizás la próxima vez revele algo diferente, quizás no.

Parte de la belleza de la vida también habita en aquello que permanece oculto, esperando ser descubierto.

Como mientras escribo, que sigo sin saber exactamente por qué.

Tal vez escribir también sea eso.

Permitir que las palabras encuentren primero el sentido.

  • Quizás necesitaba recordar que siempre podemos volver a empezar.
  • Que la vida, de una manera misteriosa, suele acompañarnos cuando nos animamos a dar el primer paso.
  • Que, aunque muchas veces recorramos el camino en soledad, nunca estamos verdaderamente solos. Somos una pequeña parte de una inmensidad mucho más grande que nos sostiene.
  • Que la naturaleza indómita vive afuera, pero también dentro de nosotros, y permanece en diálogo constante con nosotros.
  • Que incluso en medio de las crisis más profundas siempre existe un espacio para la aventura, para reescribir la historia y acercarnos un poco más a la vida que anhelamos.
  • Que en el camino siempre aparecen personas dispuestas a compartir un tramo, a tender una mano, a recordarnos que no hace falta hacerlo todo solos.
  • Y, sobre todo, que cada vez que nos animamos a ir un poquito más allá de lo conocido, la vida suele regalarnos cosas que todavía ni siquiera somos capaces de imaginar.
Lago iluminado por el sol, con el bosque en la orilla y las cumbres nevadas al fondo

Quizás no sea necesario viajar hacia un destino desconocido. Quizás el verdadero viaje comience cada vez que nos animamos a seguir ese impulso que nos invita a salir de lo conocido, con la confianza de que la vida sabe guiarnos.

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